Las islas Canarias poseen un folklore que es producto de la interacción de sus variadas y peculiares circunstancias: un pasado prehispánico aborigen, la pertenencia a los patrones culturales europeos impuestos y asimilados tras el proceso de conquista y colonización, la cercanía al continente africano (con una nutrida presencia de población morisca y negra en algunas épocas),
las influencias del reflujo migratorio (sobre todo patentes en el ámbito americano), el hecho insular…
Lanzarote y la Villa de Teguise no son ajenas a los condicionantes generales que definen el archipiélago Canario, pero presentan singularidades que son propia de su historia, el desarrollo de su economía y su particular forma de asimilación y evolución de determinados elementos folklóricos.
Si bien el timple es un protagonista de excepción en Teguise, que creció de la mano de un artesano de la talla de Simón Morales Tavío, La Villa posee, además, un rico folklore musical que bebe de las mismas fuentes que el resto de Lanzarote y se nutre de los géneros más celebrados del repertorio canario:
isas, folías, malagueñas, romances, seguidillas… con peculiares formas de interpretación en los estilos y melismas propios de los mismos.
Cabe destacar la particular forma de entonar las seguidillas, que en Lanzarote conoció grandes cultores y autores de coplas,
tomando en Teguise un estilo conocido como “Seguidillas de la Villa”.
Al margen de estas expresiones de la música tradicional, destacan dos auténticas joyas del patrimonio etnográfico de Teguise,
enmarcadas dentro del ciclo anual: El Rancho de Pascua y los Diabletes.

EL USO DE CARETAS RITUALES SIMULANDO ANIMALES,
CON UN SENTIDO DEMONIACO, ES UNA CONSTANTE EN
MUCHAS CULTURAS DEL PLANETA.

En Canarias, varios son los ejemplos de este tipo de manifestaciones, en las que el denominador común es el “golpear” (sin hacer daño real) o manchar a la gente con buches de pescado o carbón. Los Carneros de Tigaday (en la isla de El Hierro) o los Buches de Arrecife son un ejemplo, de la misma manera que lo son los Diabletes de Teguise. Esta costumbre puede tener un antiguo sentido como rito de fecundidad, si bien hoy se mantiene como una costumbre catártica y festiva. Desde la antigua Roma, los llamados “luperci” salían por las calles golpeando a las mujeres con tiras de macho cabrío para infundirles fecundidad, lo cual nos habla de lo atávico y antiguo de este tipo de tradiciones.

De los diablos y diablas que se encuentran en el mundo occidental, la mayoría tuvieron su máxima expresión durante la celebración de la fiesta cristiana del Corpus Christi, que tuvo una gran importancia tanto en la Península Ibérica, en Sudamérica y en las islas Canarias. Los cortejos rituales de esta fiesta eran bien distintos a los que conocemos hoy, con profusión de danzas, obras de teatro, serpientes, bichas y tarascas… A finales del siglo XVIII, esa manera de entender la fiesta fue prohibida y algunas de sus expresiones se mantuvieron sufriendo una traslación de fecha (hacia el Carnaval, por ejemplo). De esta fiesta se mantienen los ejemplos peninsulares de matachines y botargas, así como los Diablos Danzantes de Venezuela o los Vejigantes de Puerto Rico. En Teguise existen diversas referencias escritas que hacen alusión al uso de este tipo de rituales desde el siglo XVII. Según el historiador Manuel Hernández, en 1658, el Cabildo señala que el mayordomo guardaba para esta festividad y para otras la carátula y vestido del diablete. En 1671 se refleja que se le dieron zapatos “a los de la danza, tamboril y diablito”. Asimismo, también encontramos referencias decimonónicas al diablete de Haría (iba tocado con una enorme cabeza de buey), que desapareció.

IZQ: “Los Diabletes de Teguise” - Carnaval de 1998 (Foto cedida por Ricardo Reguera)
DCHA: Diabletes de mediados del siglo XX. El de la izquierda tiene un vestuario acabado de manera similar al de los actuales, mientras que el de la derecha está pintado de forma mucho más difusa. Ambas máscaras son de papel encolado. (Foto cedida por Francisco Hernández Delgado)

Los Diabletes de Teguise salen por las calles durante las fiestas del carnaval. Van provistos de máscaras pintadas de rojo rematadas con sendos cuernos de cabra y el llamado “garabato”, que consiste en un zurrón (especie de bolsa hecha con cuero de cabrito) que pende de un palo, con el que asustan y “golpean” a los viandantes. Su vestimenta, así como la confección y forma de la máscara, han ido sufriendo diversas modificaciones con el paso de los años, aunque -en esencia- Los Diabletes se mantienen como una tradición viva, desde hace varios siglos, en la Villa de Teguise.En Canarias, varios son los ejemplos de este tipo de manifestaciones, en las que el denominador común es el “golpear” (sin hacer daño real) o manchar a la gente con buches de pescado o carbón. Los Carneros de Tigaday (en la isla de El Hierro) o los Buches de Arrecife son un ejemplo, de la misma manera que lo son los Diabletes de Teguise. Esta costumbre puede tener un antiguo sentido como rito de fecundidad, si bien hoy se mantiene como una costumbre catártica y festiva. Desde la antigua Roma, los llamados “luperci” salían por las calles golpeando a las mujeres con tiras de macho cabrío para infundirles fecundidad, lo cual nos habla de lo atávico y antiguo de este tipo de tradiciones.

De los diablos y diablas que se encuentran en el mundo occidental, la mayoría tuvieron su máxima expresión durante la celebración de la fiesta cristiana del Corpus Christi, que tuvo una gran importancia tanto en la Península Ibérica, en Sudamérica y en las islas Canarias. Los cortejos rituales de esta fiesta eran bien distintos a los que conocemos hoy, con profusión de danzas, obras de teatro, serpientes, bichas y tarascas… A finales del siglo XVIII, esa manera de entender la fiesta fue prohibida y algunas de sus expresiones se mantuvieron sufriendo una traslación de fecha (hacia el Carnaval, por ejemplo). De esta fiesta se mantienen los ejemplos peninsulares de matachines y botargas, así como los Diablos Danzantes de Venezuela o los Vejigantes de Puerto Rico. En Teguise existen diversas referencias escritas que hacen alusión al uso de este tipo de rituales desde el siglo XVII. Según el historiador Manuel Hernández, en 1658, el Cabildo señala que el mayordomo guardaba para esta festividad y para otras la carátula y vestido del diablete. En 1671 se refleja que se le dieron zapatos “a los de la danza, tamboril y diablito”. Asimismo, también encontramos referencias decimonónicas al diablete de Haría (iba tocado con una enorme cabeza de buey), que desapareció.

Los Diabletes de Teguise salen por las calles durante las fiestas del carnaval. Van provistos de máscaras pintadas de rojo rematadas con sendos cuernos de cabra y el llamado “garabato”, que consiste en un zurrón (especie de bolsa hecha con cuero de cabrito) que pende de un palo, con el que asustan y “golpean” a los viandantes. Su vestimenta, así como la confección y forma de la máscara, han ido sufriendo diversas modificaciones con el paso de los años, aunque -en esencia- Los Diabletes se mantienen como una tradición viva, desde hace varios siglos, en la Villa de Teguise.

DERIVADOS DE LOS RANCHOS DE ÁNIMAS, QUE AÚN PERVIVEN EN GRAN CANARIA (TEROR, VALSEQUILLO Y
LA ALDEA) Y FUERTEVENTURA (TISCAMANITA Y TETIR), LOS RANCHOS DE PASCUA DE LANZAROTE ESTÁN ENMARCADOS DENTRO DEL COMPLEJO RITUAL DEL CICLO DE NAVIDAD.

Asimismo, todos ellos encuentran paralelismos evidentes con diferentes cofradías de ánimas peninsulares, así como con los “Auroros” murcianos. El de Teguise es el de más antigüedad y arraigo en la isla de Lanzarote, en la que podemos encontrar ranchos similares en otros muchos pueblos como Tías, Mácher, Haría, Tinajo, San Bartolomé y Yaiza.
En el historiador Alvarez Rixo encontramos una de las primeras referencias escritas a los Ranchos en el siglo XVIII, dándonos pistas de su carácter navideño, así como su existencia no sólo en las islas orientales, dejando constancia de Ranchos de similares características en el Puerto de la Cruz (Tenerife).

Componentes del "Rancho chico" y angelitos de la escenificación de Navidad de Teguise a mediados del siglo XX. (Foto Cedida por Ricardo Reguera)

El Rancho de Pascua tiene su momento protagonista durante la Nochebuena. En la Misa del Gallo cantan y danzan en honor del Dios-Niño en las distintas partes en que se divide su intervención: «El Corrido», «El Salto», «Las Desechas» y «La Pascua». «El Salto» es la única pieza de carácter instrumental y da ocasión de presenciar al único ejemplo de danza que se da en los Ranchos de Canarias.

Los datos escritos de los que se disponen (en concreto, unos cuadernos fechados en 1897) hacen referencia a la figura de don Juan Crisóstomo García como uno de los principales mentores de este Rancho. Don Juan Crisóstomo estuvo al frente del Rancho de Navidad de Teguise durante muchos años, hasta su fallecimiento en 1933.

Rancho de San Bartolomé en 1970, vestidos con sus “ropas buenas de salir". (Foto Cedida por Ricardo Reguera)

Los instrumentos utilizados habitualmente vienen a ser: 6 ó 7 panderetas, 4 espadas, 2 triángulos, 6 sonajas, 2 castañuelas, 1 timple, 2 o más guitarras y un requinto.

En cuanto a su vestimenta, ésta no difiere del traje tradicional que utilizan los grupos del resto de la isla (sin el uso de la montera durante la celebración de la eucaristía).

Las particulares melodías, el complejo organológico empleado, así como los textos y la danza que se interpretan, otorgan al Rancho de Teguise un incuestionable valor etno-histórico.